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UN REVOLCÓN DE 100 OLAS

Actualizado: oct 22


Hola bienvenid@s tod@s. Era un verano cualquiera, de estos en los que aún me consideraba joven, ya que me encontraba de vacaciones con mis padres y para mi alegría nos llevamos a un buen amigo mío. Estábamos pasando unos días de las vacaciones en Tenerife, una buena actividad es la de dar un paseo en barco bordeando la costa de la isla, así que allí estábamos los cuatro esperando subir al barco y pillar un buen sitio.

Nuestra sorpresa fue al subir al barco y vimos una gran mesa repleta de bebidas a la cual podías acceder, tenías todas las bebidas disponibles y podías repetir tantas veces como quisieras, son gratis. Sin pensarlo mucho mi amigo y yo cogimos unos vasos y nos pusimos hasta arriba de refrescos de todo tipo, primero de uno, luego de otro y luego vuelta a empezar. Mi padre me dijo que no sería nada bueno que bebiera tanto antes de salir a navegar, pero yo, joven, incauto y viendo esa barra libre no me podía resistir a acaparar todo cuanto podía.

Se puso en marcha el barco rumbo a mar abierto, mi colega y yo estábamos en la parte exterior disfrutando de las vistas, la brisa del mar y del vaivén de las olas. Paulatinamente, se nos cambió la cara, sin entender nada nos empezábamos a encontrar mal, pasaba el tiempo y cada vez teníamos peor pinta, además empezamos a notar una revolución en el estómago cual centrifugado de lavadora. Los dos nos fuimos a la parte interior a dejarnos caer cada uno en un banco, notábamos cada vaivén como un terremoto en la barriga, no conseguimos ponernos de pie y cada movimiento era una tortura. Mi padre que nos veía a través de la ventana se echó a reír y encima llamó a mi madre para que se percatara de nuestra desgracia y compartiera su diversión.

Yo fui el primero en convertir mi boca en un volcán en erupción, no pude aguantar más, entonces en la primera papelera que encontré solté el desayuno, todo lo que había bebido y además algunas cosas que eran indescriptibles. Peor lo pasó mi amigo, ya que no le dio tiempo a llegar a algún lado donde soltar la carga, así que abrió la boca en mitad del pasillo central del barco dando un espectáculo mayor que una ballena tomando aire.

Cuando el barco se detuvo para que la gente se pudiera tirar al mar y disfrutar de aquella playa preciosa donde podías observar todo el fondo debido a que el agua era totalmente cristalina. Yo tenía una cara horrible, me encontraba fatal y lo último que deseaba era nadar, así que mis padres nos abandonaron en el barco y se fueron a disfrutar de un buen chapuzón. La vuelta a puerto no fue mucho mejor, solo recuerdo estar tumbado en un banco mirando al techo intentando no echar nada más, observando de vez en cuando a mi amigo que tampoco estaba mucho mejor y deseando que acabara ese subibaja que producían las olas.


Así os recomiendo que nunca, nunca, NUNCA, bebas mucho antes de salir a navegar en barco.

Johnny A. Gaspar Uterra
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