• Memorias de un Vecino

UN ESPÍRITU CLÁSICO AL QUE SEGUIR


Mi abuelo era de esas personas que por su físico y carácter aparentaba menos edad de la que realmente tenía. A pesar de sus noventa años, seguía siendo un hombre muy coqueto y de buen ver, con sus ojos azules, pelo rubio canoso y su metro setenta y pico. Le encantaba viajar especialmente a Jaén, su tierra natal, y no había ni una sola tarde que no se arreglara y se pusiera sus mejores galas para ir al centro de mayores con los vecinos del barrio, donde charlaba, bailaba y jugaba a las cartas. Antes de salir por la puerta, siempre le decía a mi abuela: “Lola, aunque baile con otras mujeres, ninguna es tan bonita como tú”, en aquel entonces mi abuela no le podía acompañar por su frágil estado de salud.


Una mañana, nada más levantarse, le dijo a mi abuela y a mi tío que no se encontraba demasiado bien y después de esperar unas horas a ver si mejoraba, decidieron ir al hospital. Era el tercer día que llevaba hospitalizado, así que me decidí a visitarle después de salir de trabajar. Los médicos me dijeron que eran achaques propios de la edad y aunque visiblemente estaba más demacrado, se encontraba igual de enérgico que siempre, planeando ir a ver a su hermana a Valencia cuando saliera de allí o cómo iba a pasar las vacaciones de verano en el apartamento. Tres días después de aquella charla falleció. Recuerdo aquel momento como si fuera ayer. En aquel entonces yo aún vivía con mis padres y me encontraba estudiando para un examen de geografía de segundo de bachillerato. Estaba tan concentrada, que un golpe me hizo dar un pequeño chillido. Al voltearme para recoger aquello que se había caído, me di cuenta de que era una fotografía de mis abuelos y mía con apenas dos años. Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo. Al cabo de unos diez minutos, mi madre me llamó y me dio la triste noticia. Ninguno de la familia se lo esperaba, fue un golpe muy duro para todos.


Ya había pasado un mes y durante ese tiempo en casa de mis tíos y mi abuela estaban ocurriendo sucesos bastante extraños. Un día mi madre y yo fuimos a visitar a mi abuela, ella nos explicó que la silla de la habitación de mi abuelo no paraba de caerse y que estaba muy preocupada. Nosotras la intentamos tranquilizar, diciéndole que era porque le echaba de menos y que seguramente era cosa de la corriente. En mi familia, tenemos la costumbre que cuando estamos en casa, cerramos la puerta con llave por seguridad, pero al hacerlo a la vuelta de aquella visita, algo nos asustó y a su vez nos impactó. Las llaves no paraban de moverse, no era un movimiento ligero, era agitado, de un lado a otro y con fuerza. Nos miramos la una a la otra. Ninguna de las dos nos atrevimos a cogerlas ni a pararlas. Finalmente, ellas solas lo hicieron en seco. No podíamos articular palabra. ¿Qué había pasado en aquel momento? ¿Lo habíamos soñado o realmente era lo que las dos pensábamos?


Después de comentarlo toda la familia, decidimos buscar ayuda para comprender qué estaba pasando, pero no sabíamos dónde acudir, así que finalmente fuimos al párroco de la iglesia del pueblo con el cual mis abuelos tenían una estrecha relación. Nos comentó que mi abuelo era una persona con una enorme vitalidad, que no se quería morir y que posiblemente su alma se había aferrado a nuestro mundo, pero ya no era parte de este, así que se encontraba en el limbo. De una manera u otra nos estaba pidiendo ayuda para que le volviéramos a la vida. Nos aconsejó celebrar otra misa para hacerle entender que no podría volver con nosotros y eso fue lo que hicimos. Poco después, los episodios remitieron.


Mi abuelo, aún después de irse, me dio una gran lección. Hay que disfrutar de la vida y vivir intensamente cada momento que nos brinda porque nunca sabemos cuándo vamos a marchar.

Carolina Mora García
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