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UN DIVERTIDO DÍA DE PLAYA EN BARCO

Actualizado: sep 10


Hola, bienvenid@s tod@s. Mi memoria recuerda que hacía un día estupendo aquella mañana de primavera, un tiempo perfecto para hacer una escapada a la playa. Llegaron cuatro amigos a su destino, la playa perfeta, cada uno con su vehículo y comenzaron a sacar todos los bártulos que podían llegar a tener. ¿Cómo pueden caber tantas cosas en los maleteros? Sillas, toallas, sombrillas, las palas, un balón, las neveritas, la lancha hinchable con sus remos, la mochilita impermeable donde guardar el móvil y una bolsa grande de la compra repleta de comida.


Menuda era la estampa de los cuatro caminando con todas las manos ocupadas y buscando por la arena una gran parcela donde poder colocar todo. Una vez montado el chiringuito, ellas habían cogido la posición de lagartija al sol, según decían que querían ponerse "morenas" cuando todos sabemos que acabaran rojas como tomates. Ellos sudando la gota GORDA de haber hecho su función de mayordomo, cogieron su yate de mileuristas y fueron directos al mar. Después del ritual de salpicarse el uno al otro, ya que el agua estaba fría, se subieron en aquella barca que media poco más de dos metros y se pusieron en marcha a remar cual vikingos hacia mar adentro.


Cuando las aguas empezaron a oscurecerse y se notaba la ausencia de bañistas, los dos empezaron a aflojar el ritmo, entonces uno de ellos se giró para mirar la cara del otro y confesarle que desde bien pequeño e incluso hasta el día de hoy tenía miedo a estar en mar abierto, a su compañero de travesía se le cambió un poco la cara, ya que dispuestos a decir verdades a este tampoco le hacía ninguna gracia estar tan lejos de la orilla. Estando uno enfrente del otro, cara a cara, les vino una risa nerviosa a ambos, de repente, el último en confesar, le recorrió un escalofrío por la espalda que lo hizo saltar de la barca y comenzar a nadar ferozmente hacia tierra firme. El pobre amigo que se quedó abandonado repentinamente, con una gran cara de incredulidad ya que no entendía el motivo de la huida de su compañero, miro a ambos lados en busca de alguna criatura marina enorme de la que él también tendría que salir huyendo, pero no vio nada, simplemente se encontraba solo y en mar abierto.


Segundos más tarde, le empezó a entrar el miedo por todo el cuerpo, cogió los remos y empezó a mover los brazos enérgicamente, debido a que no tenía una gran coordinación sólo pudo dar vueltas sobre si mismo. Por suerte y tras varios intentos, pudo enderezar su rumbo para poder alcanzar tierra firme. En la orilla le esperaban sus acompañantes con enormes carcajadas después de haber estado mirando aquella graciosa escena. Él cogió un cubo de playa de una niña pequeña que andaba por allí y al menos se desquito mojándolos a todos en plena cara y dejándolos empapados .

Johnny A. Gaspar Utrera
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