• Memorias de un Vecino

LA COVID19 - ACTO I


16 de Marzo de 2020,


Me despierto a las 6h. No voy a trabajar sino a correr. Alguien ha decidido que me toca salir a hacer deporte a esa hora porque soy “joven” y debo cundir todo mi día de 6-10h de la mañana.

Resulta que ahora sólo podemos salir de casa según edad-necesidad-perro-sí o perro-no.

Son las 8 a.m., desayuno, y aún veo más evidente que tendré que salir a comprar. Salgo de casa, sola, con mascarilla y con una bolsa (o dos) en la mano evidenciando que voy a comprar para que no me detengan. Como si fuera algo malo, sólo me falta un cartel en la frente que ponga “no me miren, no soy delincuente, voy al súper os lo juro”.


Camino y no hay nadie por la calle, pero sí hace un Sol que flipas. La mascarilla transpira y mis gafas de sol se empiezan a empañar, así que entro en el Supermercado con un sentimiento de estupidez por no poder ver más más allá de 1 metro. Me obligan a ponerme unos guantes de plástico que no se abren con facilidad… mi mente entra en el dilema existencial de si me saco un momento la mascarilla para poder soplar o chupar un dedo y conseguir meter la mano en el puñetero guante, finalmente lo consigo aunque no es tarea fácil.


Hago cola pesando en si este supermercado nos puede abastecer a todos los que estamos allí parados en esta cola interminable. Me estreso, no sé qué hacer y me pongo más gel… ¡lista! Empieza mi carrera a contra reloj para intentar comprar todo lo que necesito antes de que se agote.

Empiezo a recorrer el supermercado cogiendo lo básico: arroz, pan, pasta, yogures; de otro modo, comida de supervivencia. Toca el momento de ir a por la fruta. ¡Cojo un melón y.… ups! ¡¡La pegatina del melón se engancha a mi guante!! No puedo deshacerme del guante porque tal y como está la cosa me meten en prisión… Me ahogo con la mascarilla, pero sigo luchando contra melón-pegatina-guante. Finalmente tiro con fuerza.

¿Resultado?: Melón 1- Guante-0


Confío que nadie me ha visto ni me dirán que no estoy siguiendo el protocolo de seguridad. Meto la mano en el bolsillo para que no se den cuenta de lo ocurrido, pero hay un melón con medio guante en mi carrito de la compra.

Veo carros llenos de comida, gente que en vez de prepararse para la operación bikini se ha pasado a la operación Vikingo, gente que se protege sólo con una pantalla facial cuando el virus se respira, gente que le ha dado por empapelar su casa con papel de váter, gente que arrasa con harina para crear su propia panadería….


Voy poniendo mis artículos en la cinta para pagar. Ahora mi guante izquierdo se pelea con una pegatina que pone “pechuga de pollo fileteada”. Estrésss… otra batalla no, por favor.

Llego a casa sudando, la vuelta se ha hecho larga con 3 bolsas llenas y sigo pensando en por qué no dejan ir dos personas juntas a comprar.

Me encuentro a los vecinos de delante pasando por su propio túnel de lavado antes de entrar en casa. Desinfectante de manos, de zapatos, de patinetes y bicis de los niños, de aire… desinfección de las patas del perro. ¿En serio?

Cierro la puerta, me quito la mascarilla… Por fin mis poros de la cara respiran con normalidad.


Ahora viene cuando me decís si guardo los productos desinfectándolos uno a uno. PERO NO. Yo los guardo, me relajo, me enorgullezco de todo lo que he podido hacer en mi franja horaria y espero que el maldito virus se muera en la despensa.

Júlia Brasó Fàbregas
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