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DULCES CAMPANAS DE ALEGRÍA

Actualizado: ago 20


En el verano del año 2014,

Mi hermana mayor y yo decidimos ir a pasar unos días sin rumbo al sud de Francia.

Primera parada: Cassís. Un pequeño pueblo pesquero de la costa Azul. Maravilloso.

Sin rumbo y, obviamente, sin hotel, decidimos aposentarnos en la tercera opción “bueno-bonito-barato”. Hotel céntrico y unos camareros bastante enrollados.

Nos sedujeron diciendo que nos darían la mejor habitación para las mademoiselles y así fue… Tercer piso sin ascensor, subiendo maletas por una escalera que rechinaba en cada escalón, calor, sin aire acondicionado… pero ¡eh! La habitación no estaba mal: Vistas al mar y a un campanario de la iglesia del pueblo, dos camas dobles, baño propio y un armario grande donde poner nuestras pertenencias.


Viendo el panorama y después de más de 4h de coche, me decidí a ir a relajarme a la ducha mientras mi hermana deshacía maletas y se acomodaba en su cama.

De repente, oí una voz de auxilio que venía del dormitorio. Intenté salir corriendo y como pude de la ducha, pero la cortina de baño pegada a mi cuerpo me dificultaba la expedición. conseguí salir, pero no había más que UNA toalla de 10x10 cm que no me cubría ni el ombligo. No me lo pensé dos veces, cogí la minitoalla y salí en busca de mi hermana.

La encontré con medio cuerpo dentro del armario abierto y este cayéndose hacia el suelo con ella dentro. Intenté sujetar junto a ella el armario con miedo a que se cayera, se cerrase y nos enterrasen ya con el ataúd puesto. Con todo mi ímpetu para que esto no pasara, la minitoalla decidió esfumarse y dejar al aire todo mi cuerpo para que el Monje que en ese momento estaba tocando las campanas de las 19h tuviera unas vistas increíbles.


Finalmente ganamos la batalla y conseguimos poner el armario otra vez en su sitio. Eso sí, esta vez cerramos y no lo abrimos. Preferimos seguir con nuestra ropa arrugada dentro de la maleta.

Sólo reímos y no paramos de pensar en que no hubiese una cámara oculta ¡Por favor!, porque si no esos muchachos se estarían muriendo de la risa. Risa que al principio no nos dio mucha, pero no os imagináis lo que es ver a tu hermana siendo absorbida por un armario y tener que ir a socorrerla con una toalla recién salida de la ducha y con champú aún en medio pelo.


Una anécdota que siempre recordaremos y creo que el párroco de Cassís nunca olvidará.

Júlia Brasó Fàbregas
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